martes, 4 de febrero de 2014

Soliloquio de un hombre quieto (cuento)



Soliloquio de un hombre quieto
                 

   A algunos hombres se les da por reaccionar mal, muy mal. Como al individuo que acaba de entrar a la sala de espera. Lamento que el lugar sea tan estrecho, apenas un pasillo con bancos enfrentados. Poco espacio entre los que vienen a hacerse las aplicaciones y  los familiares o amigos que los acompañan. El ritmo de atención es lento,  será por las pocas camas de la sala. Seis, creo. Tres para varones, tres para mujeres. Para este hombre se ve que es la primera vez. Está muy nervioso, impaciente, los ojos enrojecidos y dilatados. Deberían darle algún calmante. Desde que salió de la consulta con la doctora no hace más que hablar a borbotones de su incredulidad del diagnóstico. Despotrica contra los especialistas y los médicos todos. Hace alarde de su fortaleza física. Quiere hacernos partícipes a todos, pero la mayoría baja la cabeza, hace como que no oye. La mujer que lo acompaña trata de calmarlo, y es inútil, o peor. Levanta más la voz, se mueve inquieto, gesticula, se sienta y pone de pie intermitentemente, mientras insiste en que a él nadie le puede decir que sea grave, tan grave lo de su vejiga. Que el diagnóstico “los médicos se lo pueden meter en el culo”, y que viene por esta vez nada más, “ para darle el gusto a ésta” - le suelta, rabioso, a la mujer-.
 Ella lo mira como suplicándole silencio, con un movimiento de ojos que abarca al resto de los presentes. El hombre se sienta otra vez; doblado, apoya los codos en las piernas y se agarra la cabeza, revolviéndose el pelo.
 Tendrá unos 40 años, menos tal vez. Debe ser mecánico; algo dijo del “taller y los muchachos”. Yo no tenía intenciones de oírlo, aquí nadie viene a interesarse en los problemas de otros, sólo que hablaba muy alto en este silencio de la sala de espera.
 Ahora que el tipo se ha callado, Inés, que estaba de pie apoyada en la pared de la curva del pasillo, se acerca a mi banco. Suspira. Quiero cederle el asiento pero me retiene con una presión en el hombro. “Así camino”, me dice. Por momentos sale del encierro de este espacio y se da una vuelta por afuera. Al aire libre. Acá está viciado de los olores de hospital –desinfectantes, alcohol, - más los corporales de la gente que como yo ha madrugado para llegar a su turno con puntualidad. Inés tiene un olfato muy sensible.  Yo no tanto, debe ser por lo mucho que he fumado. Igual me doy cuenta del tufillo desagradable que brota de la ropa sucia, de los pelos engrasados, de las zapatillas sudadas.  En sitios así desearía tener tabaco a mano, aunque sea nada más que para olerlo.
  Se abre la puerta de la sala de aplicaciones y sale la chica pelada que vi la última vez que estuve. Llevaba un pañuelo floreado, me acuerdo, que le hacía juego con el vestido. Ahora tiene la cabeza descubierta y una mirada de desconcierto. El padre –debe ser el padre el hombre canoso sentado frente a mí-  se levanta a recibirla. La enfermera, que la tiene de un codo, le da un empujoncito hacia el señor. La chica sigue con su mirada perdida. Quiero saludarla, hacer que me vea: en la aplicación anterior estuvimos conversando y nos contamos de nuestras vidas. No tenía vergüenza de hacer demasiadas preguntas. Simpática. Y graciosa; parecía no tomarse muy en serio la enfermedad. En ningún momento habló de eso, y en cambio me contó del novio y de lo difícil que era entenderse con su futura suegra. Era divertido ver cómo describía las relaciones familiares. Si pudiera acordarme del nombre … Celina, creo. Hoy no parece la misma.
 Al llegar antes de la curva del pasillo se da vuelta y echa una mirada a la puerta doble de la sala de aplicaciones. Desde allí, la enfermera agita su mano en el aire y ella  levanta la suya un poco, con una leve sonrisa. “Celina”, le digo. Ahí me ve: un gesto de sorpresa y me sonríe también. Le devuelvo el saludo. Celina, me repito, Celina. Despacio, el canoso la conduce hacia la salida. Siento un sudor frío en las manos y en la frente al verla doblar la curva del pasillo.  
  En tanto, el hombre con problemas en la vejiga se ha vuelto a levantar y está increpando a la enfermera de la puerta. Su mujer se ha levantado también. Se acerca otra enfermera y entre las dos tratan de dialogar y sosegarlo. “Señor Flavio, por favor, cálmese, ya va a ser atendido”. “Cortazo es mi apellido ¿eh? Cortazo”, las corrige, desafiante.
 Finalmente lo hacen pasar a un costado de la sala, el que se comunica con el consultorio médico. Lo meten allí, desde donde se lo oye, airado, quejarse de la demora y de las enfermeras que lo tratan “como si fuera imbécil” –grita-. Hasta que otras voces masculinas con tono enérgico se superponen a las de él y de a poco se va restableciendo  el silencio.  
Nos sentimos aliviados. Veo que Inés vuelve de su paseíto y al encontrar lugares libres, se sienta. Se ha traído algo para leer, un suplemento literario de días pasados. Me señala un libro reseñado, algo de lo que habremos estado hablando, supongo,  ya lo he olvidado. Ultimamente me dan pocas ganas de leer. Estas esperas, por ejemplo. Antes jamás habría podido tolerarlas sin un libro. Sé que en el bolsillo de la campera tengo uno de John Le Carré. Lo puse ahí hace unos días, cuando Inés me llevó a la sesión de rayos. Pero ahora no me dan ganas. Será que me cuesta fijar la vista, no sé.
  Se abre la puerta de la sala y sale el tal Flavio, del brazo de la mujer que lo acompaña. La novia, o quizás la hermana. Duró poco el alivio, aunque ahora el tipo parece más calmado. Se sientan en el lugar que deja libre el siguiente turno.
“Ruépez Olleros”, anuncia la enfermera. Y se pone de pie la señora peruana,  que viene con su hijo adolescente. Una mujer muy bajita, de rasgos aindiados. El muchacho, que se le parece,  le lleva como dos cabezas. Se lo ve asustado y confundido cuando la madre entra a la sala y él queda afuera. Pero le cede el asiento a la acompañante del Cortazo. El chico es callado y de una cortesía que lo enaltece en su  modestia.  Ruego que Cortazo se contagie de esa dignidad. No soporto las exhibiciones emocionales.
 Sólo por olvidar la proximidad del hombre o desalentar una charla, echo mano a John Le Carré. Es una edición muy vieja, las hojas amarillentas están sueltas en varios tramos. Finjo leer, pero no alcanzo  a deletrear ni una línea. Inés me mira con curiosidad: sabe que sin los anteojos no puedo estar leyendo. Se sonríe. Tal vez ella tampoco pueda concentrarse y el suplemento sea solo una maniobra, como la mía.
 A pesar de todas nuestras diferencias, en eso Inés y yo nos parecemos. Nos incomodan las mismas cosas. A mí más que a ella, tal vez, aunque no se me note. ¿Por qué invadir el territorio del prójimo? La puesta en escena de la intimidad es como un robo que se nos hace a los demás. Se nos despoja de algo inmaterial.  Paz,  imaginación, un estado de reflexión, el goce o el dolor de la propia intimidad. Y del otro, una impudicia, como si el tipo hiciera flamear ante  los de la sala de espera, sus calzoncillos sucios.
Por ahora se ha silenciado, gracias a Dios. Pareciera que ha empezado a comprender –pienso- , oyéndolo largar un suspiro interminable, una  “o” sostenida de angustia. 
Inés espera. Más que yo. Quiero decir que el modo de ella de estar aquí, acompañándome, es dilatación, postergada impaciencia del tiempo que  le está quitando a sus ocupaciones. Yo, en cambio, no tengo otra cosa que hacer.  Fue raro, al principio. Ahora, se me ha hecho habitual saber que no hay urgencia por regresar al trabajo. No hay trabajo.  ¿Cinco años ya sin ocupación alguna? ¿O seis? Perdí la cuenta.  Hace unos  meses ocurrió lo de la enfermedad, y lo acepté con cierta gratitud. Es mi ocupación actual. Yo mismo soy el objeto de mi atención. Algo muy nuevo, desconocido para mí.   Me doy cuenta de la ironía, claro que sí,  pero no deja de complacerme: en definitiva es algo por qué preocuparme. Tantos años llevando casos de problemas ajenos, soportando presiones continuas de otros por encima o por debajo de uno, no importaba la jerarquía tanto como la carga, constante, de la responsabilidad de destinos individuales o de sociedades, empresas, financieras. Un tiempo sin tiempo en el que se me iba la vida, sin darme cuenta, como se me fue la noción de lo que en el camino perdía. Y así un  día llegó la noticia del fraude. Poco tiempo después, la cárcel, la pesadez de la soledad toda hecha de espera, la memoria rumiando siempre, como una serpiente infinita enroscándose sin pausa alrededor de su propia cabeza. No hace mucho que he dejado de preguntarme cómo fue que se tejieron los hilos de la traición. Cómo no advertí lo que sobrevendría con esos tipos. Queda el vacío, la pérdida, la nada. Más vale no evocar.
  Los hospitales públicos tienen el inconveniente de las largas esperas, aunque Inés me recuerda cuántas veces, en las clínicas privadas, también se demoran los turnos. Y me narra anécdotas de la clínica pediátrica a la que llevaba los chicos nuestros, y los momentos difíciles que allí pasó. La oigo como si se tratara de un pariente lejano: nada supe de aquellos incidentes domésticos. Hay como un telón o foso oscuro de un tiempo pasado al que no tengo acceso. Es el tiempo de Inés, por lo que ella  registra y  del cual algo sé por sus cartas, las que me envió a la cárcel en el tiempo que estuve allí. Me daba cuenta de cuánta importancia revestían para ella hechos que a mí nada, en su momento, me habían significado. O tal vez sí, y luego lo olvidé, o no les di esa especie de marco de relevancia que las mujeres parecen tener el don de provocar alrededor de los sucesos. Esa lectura, en la soledad de la celda, me servía de compañía, como imagino que, al soldado en la trinchera, contemplar una foto familiar. Pero todo aquello es también lejano, tan lejano y extraño como recordar el amplio despacho de mi oficina, los ventanales desde donde se dominaba la ciudad casi hasta el río y la orilla de Colonia en los días más diáfanos. Tan lejano como las carreteras por donde recorrí el país con Inés al lado, los chicos peleando, jugando  o durmiendo en el asiento de atrás, los hoteles de toda suerte a donde llegábamos a hospedarnos, sucios del polvo de los caminos de ripio y agotados de los kilómetros andados. “Vida de horizonte”, como le gustaba decir a Inés citando a un escritor pampeano. Una vida como en otro mundo; la vida de otro, no la de quien soy en este presente de variadas miserias.
  Una de las diferencias que más siento es ésa, no manejar el  auto.  Inés se encarga de mis traslados.  Le dije que no era necesario, que utilizaría las líneas de colectivos disponibles para ir de casa a los hospitales. Pero ella no estuvo de acuerdo. Vino en su autito y dejó el departamento en la ciudad para  instalarse en casa, lejos de todo.   Y volvimos a vivir juntos. Lástima que los inviernos sean tan duros; ahora es mucho el esfuerzo de acarrear leña, encender y mantener el fuego. Ella dice que lo hace a gusto. Aunque me pregunto si habrá otro invierno para mí.    
  El anillo se desliza de mi dedo enflaquecido y alcanzo a atajarlo antes de que llegue al piso. La alianza con el sello de nuestros nombres y la fecha del casamiento. No es la primera vez que se me cae. Si sigo así  un día de estos lo perderé. Inés se ofrece a guardármelo: le digo que no. Se ha sentado junto a mí y me mira las manos. Desearía que se fuera, que se vuelva a sus ocupaciones y me deje aquí hasta que me atiendan.  Aunque luego recuerdo el recorrido hasta la salida y prefiero que alguien me  guíe. Son muchos vericuetos. Me perdería: el día que Inés me llevó a la sala de broncoescopía me señaló, allí cerca, el pabellón donde estuve internado casi dos meses. Le dije que sí, que lo reconocía, pero en realidad todos los edificios del hospital me parecen iguales. Sé que en los días previos a la operación, salía a hacer unos breves recorridos por los alrededores de la sala tercera, - así se denomina el pabellón de cirugía, como una broma irónica que me estuviera dirigida. También es tercera la sala de apelaciones donde presenté el escrito con mi defensa y cuyo veredicto aún sigo esperando-.  En aquellos paseos, encontraba algunos rincones amables donde sentarme a leer. Un árbol de copa baja que formaba como una sombrilla, canteros con flores y arbustos rodeando un semicírculo con un banco de maderas desparejas en el medio. Ahí,  las horas de sol. Podía deambular tranquilo, alejarme de las filas de camas de enfermos que miraban cada movimiento de los otros con espantosa ansiedad. Las salas comunes tienen esa suerte de espionaje continuo: desde las cabeceras de los otros enfermos, desde el gabinete de enfermería, desde los asientos de los acompañantes, siempre hay alguien que mira. Tampoco las noches son privadas. La luz azul descubre ojos atentos en esa especie de penumbra helada. En la celda individual de la unidad penal donde estuve preso, tenía más intimidad que en la sala tercera de este hospital. Pero no puedo quejarme. Consecuencia de los anestésicos. Me ha contado Inés que los días siguientes a la operación tuve “delirios lúcidos”, los llama ella.
  Me ha preguntado si no recuerdo haber fabulado esto y aquello, casi todos relatos de violencia policiales por las noches, a metros de mi cama, o  festejos desenfrenados entre enfermeras y camilleros, con bailes, luces de colores girando en las paredes y luego balaceras. La oigo con incredulidad: no sé de qué habla, aunque reconozco no es ella capaz de inventar esas tramas de  locura. Sin embargo, no quiero saber más. Si he olvidado, por algo será. Nunca me ha sido fácil recordar sueños, menos entonces estos delirios de los que ella -no yo-, lleva el absurdo registro con detalles asombrosos que yo habría dicho, como la calidad y calibre de las armas que portaban los delincuentes que entraron por asalto a la sala una noche, para llevarse a un interno mal custodiado por el policía que debía estar de guardia. Al preso le desconectaron el suero, otro se lo echó al hombro, y huyeron por la salida del fondo, la que da a la galería vidriada, después de haber  inmovilizado a la sala con la amenaza de sus armas en alto.
Con leves variantes, este acontecimiento se repetía noche a noche -cuenta Inés que le conté-, a veces con participación y complicidad de enfermeras,  otras con un misterioso individuo mutilado en sus dos piernas, que desde la silla de ruedas dirigía la operación con un espectacular dominio y precisión de todos los movimientos del asalto. Ese hombre estaba equipado con un poderoso arsenal, y así y todo se desplazaba con asombrosa agilidad. Después de esto, de la huida del grupo comando,  la sala quedaba a oscuras un rato, hasta que alguien encendía la luz azul y se veía entrar al cuerpo de policía que venía a investigar. Ahí yo me dormía hasta la mañana, en la que comprobaba que a nadie le habían afectado los sucesos de la noche, que las enfermeras no hablaban de eso, los médicos menos, y el hombre al que le faltaban las piernas, estaba echado tranquilamente en su cama, con el arsenal debajo, a medias tapado por la colcha.
  Inés dice, medio burlona, que dejó de preocuparse cuando le señalé al sujeto. Según ella, un hombre muy corpulento, al que le faltaba una pierna, no las dos, ubicado en una cama cercana a la puerta de la galería, que es por donde entran las visitas. Supo que  era panadero, de un pueblo cercano, y que la familia le traía facturas y pasteles cuando venían a verlo.  Por comodidad no usaba el roperito que destinan a cada uno al internarse, y de ahí los muchos bultos debajo y a los costados de la cama.
 No lo he vuelto a ver. De mis compañeros de sala, casi no recuerdo las caras, ni los casos.  Salvo el chico,  de quince o dieciséis años, en la cama frente a la mía, acostado de espaldas, el pecho lleno de vendajes, a quien sólo visitaba el padre. Cuando me internaron, el chico ya estaba allí. Cuando salí, varias semanas después, seguía en la misma cama, aunque ya podía erguirse un poco para recibir las cucharadas de sopa que le servía el padre. El hombre se iba después del mediodía. Nunca vi que alguien más se acercara hasta la cama del chico. Algunas noches, oía sus sollozos ahogados entre las sábanas.
 Si ahora fuera hasta el pabellón de cirugía, es posible que todavía los encuentre. Se los veía muy solos, a los dos.
  Se abren las puertas de la sala de aplicaciones otra vez. Sale la señora peruana. El hijo se levanta a recibirla y cubrirle los hombros con un chal grueso, de lana. Por su altura,  la cubre entera. Se hablan en voz baja. Disimuladamente revisan bolsillos y un bolso azul que el chico le alcanza a la madre. Al rato se despiden, muy ceremoniosos. Les contestamos sus “buenos días”  justo cuando desde la sala la enfermera llama al siguiente.
  Es mi turno. Inés ha salido. Estoy por levantarme cuando veo que Cortazo se me adelanta y corta el acceso. De pie delante de la puerta doble, grita que nadie entre, que adentro quieren matarnos. “Los van a matar a todos, no les den el gusto, no sean cobardes, corderos maniatados”, sorprende con su lenguaje. La mujer se le arroja al cuello, quiere taparle la boca, pero el tipo la empuja violentamente a un lado.  Vienen médicos, enfermeras. Tratan de sujetarlo. Se zafa, dando manotazos y retorciéndose. Me asombra la energía que despliega. El resto de los que esperan se va hacia la salida y sólo quedo yo, arrinconado para evitar los golpes. Es una suerte que Inés esté afuera.
“A usted, a usted le digo, no se deje matar, no se deje matar, me escucha lo que le estoy diciendo? A mí no me agarran con el cuento de la quiño –dice sacudiéndose mientras entre varios logran sacarlo a fuerza de empujones hacia la salida, el tipo siempre gritando.
*
Supongo que lo habrán reducido.
 Entro a la sala de aplicaciones. No hay nadie. La corrida obligó a salir a todo el personal.  En una mesa metálica hay gasas, frascos, unas tijeras. Dentro de una venda está envuelto un cuchillo como para despostar animales, la hoja corta reluciente en el filo agudo. ¿Para qué querrían acá ese instrumento? ¿Se lo habrán quitado a Cortazo, cuando entró a revisarse? Quién sabe para qué está acá.
Lo  deslizo en el bolsillo interno de la campera. Ni se nota. La cuelgo en el perchero que está junto a la cama, del lado izquierdo. La tengo a mano.   Me echo a esperar. Tengo sueño.
  Al rato entran enfermeras y atrás de ellas Inés, que se acerca y me aprieta las manos.
  - Vi que se lo llevaban. ¡Pobre hombre! De afuera se oían sus gritos. Un  desequilibrado ¿no?  
 -  Quién sabe. Un delirio lúcido …  verdadero. Sabía de lo que hablaba.
 - ¿Qué decís Franco? ¿Cómo podés creer  a un tipo así, tan descontrolado?
   No le contesto. Me mira de reojo. Una mirada llena de desconfianza, como si sospechara algo anormal. No, no voy a decir más nada. Ella ha aprendido a no impacientarse con mis silencios. No como Celina, que desde el otro lado de la sala me hacía preguntas y más preguntas. Una chiquilina llena de curiosidad, de vida. Y hoy salió de acá como un zombie.
  Inés, que se ha impacientado con mi comentario, dice que me va a esperar afuera, leyendo algo. Y mete la mano en la campera para buscar el libro. Encontró El espía que volvió del frío, le acomodó las hojas sueltas, y salió. 
  La enfermera viene a  canalizarme. Le cuesta –dice- encontrar la vena en el brazo derecho. “En el izquierdo es peor”, le digo. El lado izquierdo siempre es peor, no se puede tratar con él. Pero ella no lo sabe, es la primera vez que me canaliza.  Y tal vez, la última.

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