Soliloquio
de un hombre quieto
A algunos hombres se les da por reaccionar
mal, muy mal. Como al individuo que acaba de entrar a la sala de espera.
Lamento que el lugar sea tan estrecho, apenas un pasillo con bancos
enfrentados. Poco espacio entre los que vienen a hacerse las aplicaciones
y los familiares o amigos que los
acompañan. El ritmo de atención es lento, será por las pocas camas de la sala. Seis,
creo. Tres para varones, tres para mujeres. Para este hombre se ve que es la
primera vez. Está muy nervioso, impaciente, los ojos enrojecidos y dilatados. Deberían
darle algún calmante. Desde que salió de la consulta con la doctora no hace más
que hablar a borbotones de su incredulidad del diagnóstico. Despotrica contra
los especialistas y los médicos todos. Hace alarde de su fortaleza física. Quiere
hacernos partícipes a todos, pero la mayoría baja la cabeza, hace como que no
oye. La mujer que lo acompaña trata de calmarlo, y es inútil, o peor. Levanta más
la voz, se mueve inquieto, gesticula, se sienta y pone de pie
intermitentemente, mientras insiste en que a él nadie le puede decir que sea
grave, tan grave lo de su vejiga. Que el diagnóstico “los médicos se lo pueden
meter en el culo”, y que viene por esta vez nada más, “ para darle el gusto a ésta”
- le suelta, rabioso, a la mujer-.
Ella lo mira como suplicándole silencio, con
un movimiento de ojos que abarca al resto de los presentes. El hombre se sienta
otra vez; doblado, apoya los codos en las piernas y se agarra la cabeza,
revolviéndose el pelo.
Tendrá unos 40 años, menos tal vez. Debe ser
mecánico; algo dijo del “taller y los muchachos”. Yo no tenía intenciones de
oírlo, aquí nadie viene a interesarse en los problemas de otros, sólo que
hablaba muy alto en este silencio de la sala de espera.
Ahora que el tipo se ha callado, Inés, que
estaba de pie apoyada en la pared de la curva del pasillo, se acerca a mi
banco. Suspira. Quiero cederle el asiento pero me retiene con una presión en el
hombro. “Así camino”, me dice. Por momentos sale del encierro de este espacio y
se da una vuelta por afuera. Al aire libre. Acá está viciado de los olores de
hospital –desinfectantes, alcohol, - más los corporales de la gente que como yo
ha madrugado para llegar a su turno con puntualidad. Inés tiene un olfato muy
sensible. Yo no tanto, debe ser por lo
mucho que he fumado. Igual me doy cuenta del tufillo desagradable que brota de
la ropa sucia, de los pelos engrasados, de las zapatillas sudadas. En sitios así desearía tener tabaco a mano, aunque
sea nada más que para olerlo.
Se abre la puerta de la sala de aplicaciones
y sale la chica pelada que vi la última vez que estuve. Llevaba un pañuelo
floreado, me acuerdo, que le hacía juego con el vestido. Ahora tiene la cabeza
descubierta y una mirada de desconcierto. El padre –debe ser el padre el hombre
canoso sentado frente a mí- se levanta a
recibirla. La enfermera, que la tiene de un codo, le da un empujoncito hacia el
señor. La chica sigue con su mirada perdida. Quiero saludarla, hacer que me
vea: en la aplicación anterior estuvimos conversando y nos contamos de nuestras
vidas. No tenía vergüenza de hacer demasiadas preguntas. Simpática. Y graciosa;
parecía no tomarse muy en serio la enfermedad. En ningún momento habló de eso,
y en cambio me contó del novio y de lo difícil que era entenderse con su futura
suegra. Era divertido ver cómo describía las relaciones familiares. Si pudiera
acordarme del nombre … Celina, creo. Hoy no parece la misma.
Al llegar antes de la curva del pasillo se da
vuelta y echa una mirada a la puerta doble de la sala de aplicaciones. Desde
allí, la enfermera agita su mano en el aire y ella levanta la suya un poco, con una leve sonrisa.
“Celina”, le digo. Ahí me ve: un gesto de sorpresa y me sonríe también. Le
devuelvo el saludo. Celina, me repito, Celina. Despacio, el canoso la conduce
hacia la salida. Siento un sudor frío en las manos y en la frente al verla
doblar la curva del pasillo.
En tanto, el hombre con problemas en la
vejiga se ha vuelto a levantar y está increpando a la enfermera de la puerta.
Su mujer se ha levantado también. Se acerca otra enfermera y entre las dos
tratan de dialogar y sosegarlo. “Señor Flavio, por favor, cálmese, ya va a ser
atendido”. “Cortazo es mi apellido ¿eh? Cortazo”, las corrige, desafiante.
Finalmente lo hacen pasar a un costado de la
sala, el que se comunica con el consultorio médico. Lo meten allí, desde donde
se lo oye, airado, quejarse de la demora y de las enfermeras que lo tratan “como
si fuera imbécil” –grita-. Hasta que otras voces masculinas con tono enérgico se
superponen a las de él y de a poco se va restableciendo el silencio.
Nos
sentimos aliviados. Veo que Inés vuelve de su paseíto y al encontrar lugares
libres, se sienta. Se ha traído algo para leer, un suplemento literario de días
pasados. Me señala un libro reseñado, algo de lo que habremos estado hablando,
supongo, ya lo he olvidado. Ultimamente
me dan pocas ganas de leer. Estas esperas, por ejemplo. Antes jamás habría
podido tolerarlas sin un libro. Sé que en el bolsillo de la campera tengo uno de
John Le Carré. Lo puse ahí hace unos días, cuando Inés me llevó a la sesión de rayos.
Pero ahora no me dan ganas. Será que me cuesta fijar la vista, no sé.
Se abre la puerta de la sala y sale el tal
Flavio, del brazo de la mujer que lo acompaña. La novia, o quizás la hermana.
Duró poco el alivio, aunque ahora el tipo parece más calmado. Se sientan en el
lugar que deja libre el siguiente turno.
“Ruépez
Olleros”, anuncia la enfermera. Y se pone de pie la señora peruana, que viene con su hijo adolescente. Una mujer muy
bajita, de rasgos aindiados. El muchacho, que se le parece, le lleva como dos cabezas. Se lo ve asustado y
confundido cuando la madre entra a la sala y él queda afuera. Pero le cede el
asiento a la acompañante del Cortazo. El chico es callado y de una cortesía
que lo enaltece en su modestia. Ruego que Cortazo se contagie de esa dignidad.
No soporto las exhibiciones emocionales.
Sólo por olvidar la proximidad del hombre o
desalentar una charla, echo mano a John Le Carré. Es una edición muy vieja, las
hojas amarillentas están sueltas en varios tramos. Finjo leer, pero no
alcanzo a deletrear ni una línea. Inés
me mira con curiosidad: sabe que sin los anteojos no puedo estar leyendo. Se
sonríe. Tal vez ella tampoco pueda concentrarse y el suplemento sea solo una
maniobra, como la mía.
A pesar de todas nuestras diferencias, en eso
Inés y yo nos parecemos. Nos incomodan las mismas cosas. A mí más que a ella,
tal vez, aunque no se me note. ¿Por qué invadir el territorio del prójimo? La
puesta en escena de la intimidad es como un robo que se nos hace a los demás.
Se nos despoja de algo inmaterial. Paz, imaginación, un estado de reflexión, el goce o
el dolor de la propia intimidad. Y del otro, una impudicia, como si el tipo
hiciera flamear ante los de la sala de
espera, sus calzoncillos sucios.
Por
ahora se ha silenciado, gracias a Dios. Pareciera que ha empezado a comprender
–pienso- , oyéndolo largar un suspiro interminable, una “o” sostenida de angustia.
Inés
espera. Más que yo. Quiero decir que el modo de ella de estar aquí,
acompañándome, es dilatación, postergada impaciencia del tiempo que le está quitando a sus ocupaciones. Yo, en
cambio, no tengo otra cosa que hacer. Fue raro, al principio. Ahora, se me ha hecho
habitual saber que no hay urgencia por regresar al trabajo. No hay trabajo. ¿Cinco años ya sin ocupación alguna? ¿O seis?
Perdí la cuenta. Hace unos meses ocurrió lo de la enfermedad, y lo
acepté con cierta gratitud. Es mi ocupación actual. Yo mismo soy el objeto de
mi atención. Algo muy nuevo, desconocido para mí. Me doy
cuenta de la ironía, claro que sí, pero
no deja de complacerme: en definitiva es algo por qué preocuparme. Tantos años
llevando casos de problemas ajenos, soportando presiones continuas de otros por
encima o por debajo de uno, no importaba la jerarquía tanto como la carga,
constante, de la responsabilidad de destinos individuales o de sociedades, empresas,
financieras. Un tiempo sin tiempo en el que se me iba la vida, sin darme
cuenta, como se me fue la noción de lo que en el camino perdía. Y así un día llegó la noticia del fraude. Poco tiempo
después, la cárcel, la pesadez de la soledad toda hecha de espera, la memoria
rumiando siempre, como una serpiente infinita enroscándose sin pausa alrededor
de su propia cabeza. No hace mucho que he dejado de preguntarme cómo fue que se
tejieron los hilos de la traición. Cómo no advertí lo que sobrevendría con esos
tipos. Queda el vacío, la pérdida, la nada. Más vale no evocar.
Los hospitales públicos tienen el
inconveniente de las largas esperas, aunque Inés me recuerda cuántas veces, en
las clínicas privadas, también se demoran los turnos. Y me narra anécdotas de
la clínica pediátrica a la que llevaba los chicos nuestros, y los momentos
difíciles que allí pasó. La oigo como si se tratara de un pariente lejano: nada
supe de aquellos incidentes domésticos. Hay como un telón o foso oscuro de un
tiempo pasado al que no tengo acceso. Es el tiempo de Inés, por lo que
ella registra y del cual algo sé por sus cartas, las que me
envió a la cárcel en el tiempo que estuve allí. Me daba cuenta de cuánta
importancia revestían para ella hechos que a mí nada, en su momento, me habían
significado. O tal vez sí, y luego lo olvidé, o no les di esa especie de marco
de relevancia que las mujeres parecen tener el don de provocar alrededor de los
sucesos. Esa lectura, en la soledad de la celda, me servía de compañía, como
imagino que, al soldado en la trinchera, contemplar una foto familiar. Pero
todo aquello es también lejano, tan lejano y extraño como recordar el amplio despacho
de mi oficina, los ventanales desde donde se dominaba la ciudad casi hasta el
río y la orilla de Colonia en los días más diáfanos. Tan lejano como las
carreteras por donde recorrí el país con Inés al lado, los chicos peleando,
jugando o durmiendo en el asiento de
atrás, los hoteles de toda suerte a donde llegábamos a hospedarnos, sucios del
polvo de los caminos de ripio y agotados de los kilómetros andados. “Vida de horizonte”,
como le gustaba decir a Inés citando a un escritor pampeano. Una vida como en
otro mundo; la vida de otro, no la de quien soy en este presente de variadas
miserias.
Una de
las diferencias que más siento es ésa, no manejar el auto.
Inés se encarga de mis traslados. Le dije que no era necesario, que utilizaría
las líneas de colectivos disponibles para ir de casa a los hospitales. Pero
ella no estuvo de acuerdo. Vino en su autito y dejó el departamento en la
ciudad para instalarse en casa, lejos de
todo. Y volvimos a vivir juntos. Lástima que los
inviernos sean tan duros; ahora es mucho el esfuerzo de acarrear leña, encender
y mantener el fuego. Ella dice que lo hace a gusto. Aunque me pregunto si habrá
otro invierno para mí.
El anillo se desliza de mi dedo enflaquecido
y alcanzo a atajarlo antes de que llegue al piso. La alianza con el sello de
nuestros nombres y la fecha del casamiento. No es la primera vez que se me cae.
Si sigo así un día de estos lo perderé.
Inés se ofrece a guardármelo: le digo que no. Se ha sentado junto a mí y me
mira las manos. Desearía que se fuera, que se vuelva a sus ocupaciones y me
deje aquí hasta que me atiendan. Aunque
luego recuerdo el recorrido hasta la salida y prefiero que alguien me guíe. Son muchos vericuetos. Me perdería: el
día que Inés me llevó a la sala de broncoescopía me señaló, allí cerca, el
pabellón donde estuve internado casi dos meses. Le dije que sí, que lo
reconocía, pero en realidad todos los edificios del hospital me parecen
iguales. Sé que en los días previos a la operación, salía a hacer unos breves
recorridos por los alrededores de la sala tercera, - así se denomina el
pabellón de cirugía, como una broma irónica que me estuviera dirigida. También
es tercera la sala de apelaciones donde presenté el escrito con mi defensa y
cuyo veredicto aún sigo esperando-. En aquellos
paseos, encontraba algunos rincones amables donde sentarme a leer. Un árbol de
copa baja que formaba como una sombrilla, canteros con flores y arbustos
rodeando un semicírculo con un banco de maderas desparejas en el medio. Ahí, las horas de sol. Podía deambular tranquilo,
alejarme de las filas de camas de enfermos que miraban cada movimiento de los
otros con espantosa ansiedad. Las salas comunes tienen esa suerte de espionaje
continuo: desde las cabeceras de los otros enfermos, desde el gabinete de
enfermería, desde los asientos de los acompañantes, siempre hay alguien que
mira. Tampoco las noches son privadas. La luz azul descubre ojos atentos en esa
especie de penumbra helada. En la celda individual de la unidad penal donde
estuve preso, tenía más intimidad que en la sala tercera de este hospital. Pero
no puedo quejarme. Consecuencia de los anestésicos. Me ha contado Inés que los
días siguientes a la operación tuve “delirios lúcidos”, los llama ella.
Me ha preguntado si no recuerdo haber
fabulado esto y aquello, casi todos relatos de violencia policiales por las
noches, a metros de mi cama, o festejos
desenfrenados entre enfermeras y camilleros, con bailes, luces de colores
girando en las paredes y luego balaceras. La oigo con incredulidad: no sé de
qué habla, aunque reconozco no es ella capaz de inventar esas tramas de locura. Sin embargo, no quiero saber más. Si
he olvidado, por algo será. Nunca me ha sido fácil recordar sueños, menos
entonces estos delirios de los que ella -no yo-, lleva el absurdo registro con
detalles asombrosos que yo habría dicho, como la calidad y calibre de las armas que portaban los
delincuentes que entraron por asalto a la sala una noche, para llevarse a un
interno mal custodiado por el policía que debía estar de guardia. Al preso le
desconectaron el suero, otro se lo echó al hombro, y huyeron por la salida del
fondo, la que da a la galería vidriada, después de haber inmovilizado a la sala con la amenaza de sus
armas en alto.
Con
leves variantes, este acontecimiento se repetía noche a noche -cuenta Inés que
le conté-, a veces con participación y complicidad de enfermeras, otras con un misterioso individuo mutilado en
sus dos piernas, que desde la silla de ruedas dirigía la operación con un
espectacular dominio y precisión de todos los movimientos del asalto. Ese
hombre estaba equipado con un poderoso arsenal, y así y todo se desplazaba con
asombrosa agilidad. Después de esto, de la huida del grupo comando, la sala quedaba a oscuras un rato, hasta que
alguien encendía la luz azul y se veía entrar al cuerpo de policía que venía a
investigar. Ahí yo me dormía hasta la mañana, en la que comprobaba que a nadie
le habían afectado los sucesos de la noche, que las enfermeras no hablaban de
eso, los médicos menos, y el hombre al que le faltaban las piernas, estaba
echado tranquilamente en su cama, con el arsenal debajo, a medias tapado por la
colcha.
Inés dice, medio burlona, que dejó de
preocuparse cuando le señalé al sujeto. Según ella, un hombre muy corpulento,
al que le faltaba una pierna, no las dos, ubicado en una cama cercana a la
puerta de la galería, que es por donde entran las visitas. Supo que era panadero, de un pueblo cercano, y que la
familia le traía facturas y pasteles cuando venían a verlo. Por comodidad no usaba el roperito que
destinan a cada uno al internarse, y de ahí los muchos bultos debajo y a los
costados de la cama.
No lo he vuelto a ver. De mis compañeros de
sala, casi no recuerdo las caras, ni los casos. Salvo el chico, de quince o dieciséis años, en la cama frente
a la mía, acostado de espaldas, el pecho lleno de vendajes, a quien sólo
visitaba el padre. Cuando me internaron, el chico ya estaba allí. Cuando salí, varias
semanas después, seguía en la misma cama, aunque ya podía erguirse un poco para
recibir las cucharadas de sopa que le servía el padre. El hombre se iba después
del mediodía. Nunca vi que alguien más se acercara hasta la cama del chico. Algunas
noches, oía sus sollozos ahogados entre las sábanas.
Si ahora fuera hasta el pabellón de cirugía, es
posible que todavía los encuentre. Se los veía muy solos, a los dos.
Se abren las puertas de la sala de
aplicaciones otra vez. Sale la señora peruana. El hijo se levanta a recibirla y
cubrirle los hombros con un chal grueso, de lana. Por su altura, la cubre entera. Se hablan en voz baja. Disimuladamente
revisan bolsillos y un bolso azul que el chico le alcanza a la madre. Al rato
se despiden, muy ceremoniosos. Les contestamos sus “buenos días” justo cuando desde la sala la enfermera llama
al siguiente.
Es mi turno. Inés ha salido. Estoy por
levantarme cuando veo que Cortazo se me adelanta y corta el acceso. De pie
delante de la puerta doble, grita que nadie entre, que adentro quieren
matarnos. “Los van a matar a todos, no les den el gusto, no sean cobardes,
corderos maniatados”, sorprende con su lenguaje. La mujer se le arroja al
cuello, quiere taparle la boca, pero el tipo la empuja violentamente a un lado. Vienen médicos, enfermeras. Tratan de
sujetarlo. Se zafa, dando manotazos y retorciéndose. Me asombra la energía que
despliega. El resto de los que esperan se va hacia la salida y sólo quedo yo,
arrinconado para evitar los golpes. Es una suerte que Inés esté afuera.
“A
usted, a usted le digo, no se deje matar, no se deje matar, me escucha lo que
le estoy diciendo? A mí no me agarran con el cuento de la quiño –dice sacudiéndose mientras entre varios logran sacarlo a
fuerza de empujones hacia la salida, el tipo siempre gritando.
*
Supongo
que lo habrán reducido.
Entro a la sala de aplicaciones. No hay nadie.
La corrida obligó a salir a todo el personal. En una mesa metálica hay gasas, frascos, unas
tijeras. Dentro de una venda está envuelto un cuchillo como para despostar animales,
la hoja corta reluciente en el filo agudo. ¿Para qué querrían acá ese
instrumento? ¿Se lo habrán quitado a Cortazo, cuando entró a revisarse? Quién
sabe para qué está acá.
Lo
deslizo en el bolsillo interno de la
campera. Ni se nota. La cuelgo en el perchero que está junto a la cama, del lado
izquierdo. La tengo a mano. Me echo a
esperar. Tengo sueño.
Al rato entran enfermeras y atrás de ellas
Inés, que se acerca y me aprieta las manos.
- Vi
que se lo llevaban. ¡Pobre hombre! De afuera se oían sus gritos. Un desequilibrado ¿no?
- Quién
sabe. Un delirio lúcido … verdadero.
Sabía de lo que hablaba.
- ¿Qué decís Franco? ¿Cómo podés creer a un tipo así, tan descontrolado?
No le contesto. Me mira de reojo. Una mirada
llena de desconfianza, como si sospechara algo anormal. No, no voy a decir más
nada. Ella ha aprendido a no impacientarse con mis silencios. No como Celina,
que desde el otro lado de la sala me hacía preguntas y más preguntas. Una
chiquilina llena de curiosidad, de vida. Y hoy salió de acá como un zombie.
Inés, que se ha impacientado con mi
comentario, dice que me va a esperar afuera, leyendo algo. Y mete la mano en la
campera para buscar el libro. Encontró El
espía que volvió del frío, le acomodó las hojas sueltas, y salió.
La enfermera viene a canalizarme. Le cuesta –dice- encontrar la
vena en el brazo derecho. “En el izquierdo es peor”, le digo. El lado izquierdo
siempre es peor, no se puede tratar con él. Pero ella no lo sabe, es la primera
vez que me canaliza. Y tal vez, la
última.
*



