viernes, 12 de agosto de 2011

En torno a una poeta



Cómo estará hoy, esta mañana tormentosa,de lluvias feroces, de breves calmas seguidas de cielo oscuro, de amenazas de granizo, puro destemple, mañana inhóspita, cómo estará digo, la señora poeta tan anciana que espera con ansiedad el fin? No tiene interés más que en eso, me decía ayer. Ella, ya se ha retirado de todo, reitera. Se va yendo, en libros, en papeles, en memoria. El olvido, cierta confusión de tiempos, lagunas e imprecisiones, frases inconclusas, y la tropezante memoria que se intercala en el diálogo y lo empantana, como un mecanismo que se atranca, rebelde, sin dejar avanzar. Qué molestia los quiebres de los nombres, de los lugares, qué molestia la fuga de la palabra, cada vez más frecuente. Pero lo nota, la cansa y desgana. ¿Cómo no? Está lúcida la anciana poeta que tanto ha querido y podido, manejar en años atrás.
Ahora no; se deja, se tiene que dejar, manejar por la voluntad de los otros,(o de la otra, una educada mujer de provincias que la acompaña), no la propia. Ella, que recibe a quien se anuncie, en esa casa señorial y solemne que habita desde que nació, hace ya casi 90 años,sentada y rodeada, ante la lámpara, de libros. Los suyos. Para regalar al visitante, dedicados con su fina letra manuscrita. Para donar, otros, apilados. Salvo uno, que escribió sobre un poeta local muy destacado, los otros hablan de ella, de esta anciana señora cuando todavía no lo era tanto, de sus anhelos, soledades, penas, interrogantes. De su cuerpo también, del amor, supongo. No he leído todos. Su tema, entonces, ha sido y es siempre, ella misma. Es completa y full time, autorreferencial. Y si antes hablaba mucho de sus libros -tema que no ha abandonado-, en estos días prefiere el de su muerte debida. Que esto no haya sucedido hasta ahora, el morirse dignamente,la tiene muy sorprendida y disgustada. Con el destino y con ella misma, porque se falló. Es que había pensado -me confesaba sin dramatizar- que se suicidaría antes de llegar a estas alturas de vejez. Y resulta que ha descubierto que no tuvo el valor. La consecuencia de esa cobardía es esta prolongación inútil, incomóda, sin sentido, dice, de estos días largamente octogenarios.
Y debe sentirlo así, con intensidad, estoy segura.
Primero, porque ya no recibe halagos, ni nadie se prosterna ante ella, ni la celebran o festejan en actos o reuniones literarias. Segundo, porque no puede ya impresionar a nadie en la intimidad de su casa museo, donde acudían poetas nóveles a recibir su bendición de papisa de la ciudad, ansiosos de reconocimiento. Cada vez son menos los que la visitan o los que reúne alrededor de la oval mesa Chippendale para leer poesías propias o ajenas, servir el té, dictaminar gustos y rechazos (de todo, no únicamente literarios; sociales y políticos y religiosos, ella llevaba la voz autorizada desde la cabecera). Y tercero, porque muchos y muchas -mejor muchas- de los habituales asistentes, ya se han prudentemente muerto, o están tan duros de rodillas que no podrían subir los treinta y cinco escalones que llevan a la puerta de la madre de todos los poetas. Tampoco ella los puede bajar.
De modo que se ha quedado -y cada vez más sola y para siempre, hasta el día tan deseado de su muerte-, arriba, en la casa donde nació, presa casi, en el centro geográfico de la ciudad, a pocos metros de la piedra fundacional, de la Catedral neogótica; a espaldas del gran Palacio municipal, de frente al Teatro Argentino de trágico pasado. Allí está, en lo alto de una casa que ha sido por décadas el puerto de amarre de poetas y poetastros, bohemios, formales y despistados, la mujer anciana, señora que fue muy alta y de gallarda figura, a la espera.
¿Cómo estará, en este día de lluvia interminable, gris y monótono y vacío? A la espera, sola y a la espera. Dios la libre.leo_escribo_jardineo.blogspot.com

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